Cuatro poemas de La curación del mundo, de Fernando Beltrán

Cuatro poemas de La curación del mundo, de Fernando Beltrán

 

 

Para Fernando Beltrán, el poema clave de su último libro, La curación del mundo, recién publicado por la editorial Hiperión, es “La jerarquía del ángel”, un poema que está siendo leído como una oración pagana. Debido a su extensión, Zenda ofrece la lectura de estos cuatro poemas: “La paciencia del cobre” “La hojarasca”, “La boca del león” y “Puente de los Franceses”, e invita a la lectura pausada de “La jerarquía del ángel” con el libro entre las manos, a modo de entrada temblorosa en su contenido. Lo dice así uno de sus versos: “Todo tiene sentido cuando todo se pierde”.

La curación del mundo, título hermoso como todos los de la obra de Beltrán, y que en este momento de su vida cobra especial relevancia y significado, se completa con poemas que bien podrían estar en esta página, “Esqueleto de ballena”, “Padre”, “Día de campo”, “Goya” o  “Alpe d’Huez”, que los lectores hallarán en este libro que es, al mismo tiempo, en palabras de Fernando Beltrán, “un testimonio en poemas y carne viva de una lucha por la vida”, a lo que añade: “porque el grito y el dolor estén siempre abrigados por el esfuerzo y el quehacer por salir adelante y la búsqueda incurable de la belleza del mundo, mucho más amado ahora”.

 

 

Fernando Beltrán, a modo de pórtico, esculpe a fuego esta frase de Rainer Maria Rilke:

“He hecho algo contra el miedo. He permanecido sentado durante toda la noche, y he escrito”.

Y concluye para Zenda con estas palabras, que son una aproximación de lo que para su autor es La curación del mundo: “Un libro castigado, astillado, roto, y un cuerpo sin embargo salvado por las palabras, las metáforas, los guantes de plástico, los charcos aún…”. (Miguel Munárriz).

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LA PACIENCIA DEL COBRE

Apenas somos manos

asustadas,

abruptas intemperies
construyendo bancales
para aplazar el vértigo,

construyendo caricias.

La piedra de la edad
y este silencio roto
por tu azul.

Cuerpos tendidos
para aplazar el vértigo.

Me muero de belleza
y sangre roja

atada al corazón

LA HOJARASCA

Echó el cerrojo a la puerta,

compró una hamaca

y se encerró en el cuarto…

Lo escribió Gabriel García Márquez.

Compraré esa hamaca, quiero, necesito
volver a ser la hamaca que conmigo siempre.

Un puñado de oxígeno. Un bocado.
Confundir pan de hoy con pan de ayer.

El mar que hace millones de años
hubo aquí.

La extraña caracola.

Los libros que uno a uno aquellos días
se caían a plomo de la cama.

El mirlo en el alféizar con su pico naranja.
Apetece la luz, pero me aterra abril.

Los poetas intuyen, bajan la voz, se alejan,
conocen las batallas perdidas de antemano.

Se esconden en sus casas, en sus tomos
se esconden, en sus islas pobladas.

Cernuda, Lorca, Claudio, Wisława, Sylvia Plath…

En mí vive un grito, por la noche aletea,

buscando con sus garras

un objeto de amor.

Buscaré una vez más a la muchacha
que Degas amaba.

Ahora en cambio la peste.

Se morían a miles en Sevilla
y fue cuando Murillo acuñó sus azules
inmortales.

Ahora lo entiendo todo.

Esos azules.

Me gustaría verlos, una vez más
acercarme a verlos.

Querría también ir al Finis Terrae
a contarle mi oeste.

Y poco más…

La ciclista que acaba de sonreírme
mientras sube la cuesta

LA BOCA DEL LEÓN

¿Os acordáis de niños, en el circo?

El domador metía de pronto la cabeza
en la boca del león, y todos tras un ohhh
de espanto, apretando los puños,
conteníamos un siglo la respiración.

Se detenía el mundo.

Era sólo un segundo, pero duraba un miedo
que aún me despierta a veces en mitad
de la herida,

ahora mismo otra vez, y es la peor
cuando veo y recuerdo mi cabeza al fondo
de un pasillo muy largo, quieta, rota, dolida,

aterrada también,

suspendida en las fauces
siempre abiertas
de la vida o la muerte.

Un momento crucial.

Los niños, pulmones del mundo,
conteníamos la respiración.
Doblaba el domador un poco sus rodillas
inclinándose atrás, dejaba caer el látigo

como si fuera necesario
añadirle a la escena
todavía más riesgo,

quizás mi rendición,

y entraba con mi cabeza a solas,

selva, pánico, hijas, mi cuerpo por delante,
apretando los dientes, en aquella

boca oscura de un túnel

donde me juego todo 

PUENTE DE LOS FRANCESES

Llegué a Madrid en tren.

Un tren de niño es mucho más que un tren.

Se queda ahí. Viaja contigo ahí.

Vive contigo.

Callado a veces. Convertido a veces
en mucho más que un tren.

Palabras empujadas.
Raíles sin fin.

Cruzó el tren sobre el puente de ladrillo,
dobló esa curva con la ciudad ya a mano,
y descargó mil metros más allá
sus zapatos de barro, mis paraguas.

Un tesoro de charcos para una vida entera.
Abismos y bellezas en la ciudad sin lluvia.

Poemas empujados. Verde sin fin.

Los charcos de un niño
son mucho más que un charco.
Duran siempre. Jamás secan del todo.
Y si secan, esperan.

Regresarán un día al mismo sitio.

Fiebre empujada.

Ser sin ser
tantos años después.

Mi enfermedad da al mismo puente,
humilde e invencible. Sigue ahí.

Los trenes son distintos, pero el puente resiste.

Metáfora empujada. Atropellada luz.
Oigo cruzar los trenes cada poco.

De hecho, soy su curva.

De hecho, me abrazan con su curva
cada vez que pasan. De hecho, siento
que me traen el abrazo de todo lo que amé,

fui amado. Amé.

Habitación 172. Paciente 160.

Llegan por la ventana, a mi izquierda,
y me rodean veloces, para escucharlos luego
a mi derecha, más allá de la puerta,
atravesar el puente. La curación del mundo.

Vuelvo al norte. Nunca salí de allí.

Tampoco saldré ya de esta ciudad sin lluvia.

Humilde e invencible.

Puente hacia ti

                                      a Elena

Fuente

Cuatro poemas de La curación del mundo, de Fernando Beltrán

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