José Luis Rodríguez Zapatero: “En la literatura Borges es Dios”

Por Miguel Munárriz

José Luis Rodríguez Zapatero: “En la literatura Borges es Dios”

 

 

José Luis Rodríguez Zapatero ha escrito un libro sobre Jorge Luis Borges. No debería causar sorpresa, puesto que los que hayan tenido una mínima observancia de su trayectoria es conocida su visión cultural de la Historia, algo que intentó proyectar más de una vez desde su posición de presidente del Gobierno de España en dos legislaturas, de 2004 a 2008 y luego hasta 2011. El libro se titula No voy a traicionar a Borges y lo publica la editorial HUSO, a cuyo frente está Mayda Bustamente, en la colección “Palabras hilanderas” que dirige la escritora y poeta Marifé Santiago Bolaños.

 

Un libro que el autor inaugura con esta frase que es la última del relato “El Aleph”: “Solo el amor puede imponerse al Universo”, y que está dedicado “A Sonsoles, indudable”. Lo menciono porque de esto también se habla en esta entrevista que se desarrolla en el despacho de Rodríguez Zapatero de la calle Ferraz, adonde llego con el fotógrafo Jeosm, gran conversador de la vida, mientras le observo ajustar el objetivo y preparar el paraguas blanco del flash

Zapatero ha escrito este breve ensayo en el que no solo no traiciona al escritor argentino, sino que demuestra en cada capítulo su profunda admiración, lo que corrobora con sus palabras en esta charla cordialmente literaria de alguien que se definió como un optimista antropológico, como se verá más adelante.

Aquí está el Borges esencial para el lector José Luis Rodríguez Zapatero, que ha encontrado en el autor de Ficciones uno de los caminos para hallar la felicidad.

Para conocer bien los temas y obsesiones de Borges, como la infinitud del tiempo, el azar, los laberintos y los espejos, las paradojas… hay que haber asimilado su literatura desde siempre. En las palabras previas de su libro dice leerle desde hace cuatro décadas. ¿Recuerda cómo empezó esa fascinación, con qué libro?

 

El Aleph me lo sugirió un familiar, y la primera lectura ya me produjo una especie de imán”

 

—Sí, sí, empezó con El Aleph. Me lo sugirió un familiar, y la primera lectura ya me produjo una especie de imán… irresistible, por la originalidad, por esa forma de literatura dialéctica, de contrapunto, por las teorías que expone, por las que descree… A partir de ahí empecé a comprar todos sus libros, salvo la poesía, que fue una lectura más tardía.

Yo creo que eso nos pasó a todos, que entramos en Borges por los relatos y desembocamos en la poesía, que es una gran poesía, por cierto.

—Es un poeta inmenso. Borges no es un poeta para leer, es un poeta para releer. No es un cuentista para leer, es un cuentista para releer. Solo es posible, en mi opinión, incorporarse al mundo borgiano, que es excepcional por la originalidad, si se relee. Quizá la auténtica lectura sea la relectura, como casi todas las cosas en la vida.

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”, escribe Borges en el poema “El lector”, en su Elogio de la sombra. Eso es solo un verso, pero de Borges se podría hacer un libro solo con sus titulares a la prensa, como cuando dijo que no le temía a la muerte, pero sí a la inmortalidad del alma porque en ese caso le aterraba volver a ser Borges. 

 

“El universo borgiano lo podríamos llamar el paraíso intelectual”

 

—Cuando hice este ensayo, que tiene apenas 60 páginas (la edición tiene algo más de 90), quedé con una ansiedad, con un vacío, porque habría querido tocar más aspectos de los que he abordado, pero tenía que elegir, que siempre es una situación delicada. En Borges hay cantidad de sentencias, aforismo, frases, proverbios… que contienen toda una tesis doctoral, un manifiesto sobre el Pensamiento, sobre la Historia. Tiene un gran interés la capacidad de «contingentar», valga la expresión, porque siempre marca claramente la contingencia de la literatura. Hay quien habla de la biblioteca. Yo digo que el universo borgiano lo podríamos llamar el paraíso intelectual.

Está bien que no haya escrito usted un ensayo en un gran tomo, que sea el suyo un Borges esencial, podríamos decir, y que haya tratado en él aspectos fundamentales, entre los que están los prólogos que escribió a sus obras.

 

“No hay un genio en la historia de la literatura como Borges”

 

—Sí, exactamente, prólogos y epílogos. Es lo menos abordado, y hay un gran esfuerzo por darle sentido al conjunto de la obra. Borges tiene tres etapas: la más local, la barroca, de la que luego descree, pero que está ahí, luego la etapa más intelectual, que es la de los cuentos, la de los relatos donde está El AlephFicciones, y la tercera etapa que es la del mito, donde ya se convierte en una leyenda, lo que da lugar hasta incursiones literarias diciendo si Borges fue real o no. En esta tercera etapa de exhibición pública concede muchísimas entrevistas, que he vuelto a leer y a escuchar una y otra vez en YouTube. Todas, todas las conferencias… La primera parte de la conferencia de la ceguera es un monumento de brillantez, cuando empieza a decir que tiene una ceguera modesta, porque no es total y porque ve algunos colores. Hasta de la ceguera hizo una obra de arte. No hay un genio en la historia de la literatura como Borges.

Son ya 35 años del fallecimiento de Borges y su figura no ha pasado por ningún purgatorio. Cuando vivía y publicaba nuevos libros y concedía entrevistas, los lectores sabíamos que era ya un clásico vivo. ¿Cómo lo vivía usted cuando publicaba un nuevo libro? ¿Lo conoció? 

No, no era yo una persona con relieve suficiente en esa etapa juvenil, pero eso hubiera sido una de las cosas que más ilusión me habría hecho. Cuando salía un nuevo libro iba a la librería a comprarlo con verdadera fruición hasta que se publicaron las obras completas… 

Las de la editorial Emecé…

 

“En el libro me he atrevido, y es la parte más osada, a comparar a Borges con Bach”

 

—Sí, las de Emecé; sobre esas he trabajado básicamente el ensayo. En el epílogo del tercer tomo de esta edición hay algo que, en mi opinión, es muy importante porque escribe una especie de opúsculo de lo que diría la prensa argentina años después. Dice transcribir una nota de la Enciclopedia Sudamericana que se publicará en Santiago de Chile el año 2074 y escribe su nombre como José Luis Borges, autor y autodidacta argentino, etc. Al final dice “autorizar” esta edición… [Puede consultarse sus Obras Completas, Emecé editores, Buenos Aires, que siguen con suficiente rigor el orden cronológico]. Y, ojalá, yo pienso que si hubiera una enciclopedia latinoamericana —su amor por las enciclopedias lo comparto—, lo que diga de Jorge Luis Borges será aún más poderoso. En el libro me he atrevido, y es la parte más osada, a comparar a Borges con Bach. Se dice que para los musicólogos Bach es Dios. Yo creo que en algún momento admitiremos que en la literatura Borges es Dios.

Borges dijo esto en una de las clases que impartió en la universidad de Buenos Aires, en 1966: “Quizá la obra más importante de un escritor es la imagen que deja de sí mismo, más allá de las páginas escritas por él”. ¿Cuál cree usted que es la imagen que Borges ha dejado de sí mismo?

—Sin duda alguna es la de una inteligencia superior. Solo a los niveles de Einstein. ¿Cómo es posible escribir un cuento tan bien construido, sistemático, en el que en apenas ocho páginas puede citar tantos filósofos y sus tesis resumidas en una línea, a veces en dos palabras? Una inteligencia excepcional, por eso tenía esa capacidad irónica. La nota que hace sobre Américo Castro, por ejemplo, cuando convierte la pluma en espada… No he visto cosa más demoledora, pero además con qué autoridad. Asusta la autoridad con que se puede dirigir a los grandes. Nos mostró las debilidades de Shakespeare, hasta de Cervantes…

El cuento que escribió sobre el Quijote

—“Pierre Menard, autor del Quijote”.

Eso es. Me venía a la cabeza “Funes el memorioso”.

 

“La inmortalidad sería insufrible, insoportable, ininteligible”

 

—Con “Funes el memorioso” pasa como con “El inmortal”, que yo recomiendo siempre a quien la ansiedad se le cruza en exceso en la vida, porque “Funes…” y «El inmortal” te dan serenidad para entender las limitaciones, lo razonable que es la finitud, no tener angustia por la no inmortalidad. La inmortalidad sería insufrible, insoportable, ininteligible. Y saberlo todo, como Funes, sería más insoportable aún, porque el amor no supondría nada. Si todo está en todo y lo sabemos todo, esa es mi tesis sobre “El Aleph”, que es donde mantengo una posición… digamos atrevida, quizá osada, de que “El Aleph”, para mí, más que un cuento de ficción es un cuento de amor.

Hablando de clases en la universidad, ¿conoce usted muchos escritores importantes que impartan cursos en la universidad española, como ocurre con buena parte de las universidades extranjeras con autores del mundo, también españoles? Recuerdo cuando Emilio Alarcos invitó a Ángel González a la universidad de Oviedo en el 85 y se formó un buen escándalo provocado por algunos cátedros.

—Yo creo que la cultura en español es muy poderosa históricamente —tenemos la novela más importante; tenemos cuatro de los diez mejores pintores: Velázquez, Goya, El Greco y Picasso, y tenemos el español, que une a 500 millones de hispanohablantes—, con lo que estos grandes activos nos llevan a empeñarnos poco en trabajar, en defender y apoyar la cultura. Comparándonos con otros países, con Francia, por ejemplo, que es el que más apoya la cultura, quizá porque Francia es un país que quiere mantener una importante defensa de lo que significa en el mundo, recuerdo una frase de Mitterrand: “¡Ay, si yo tuviera el castellano!”. La cultura española es abundante, y por eso puede que no protejamos, que no apoyemos la creación como deberíamos. Creo que la democracia española ha tenido en los grandes temas del país, como el de la convivencia, notas altas, pero en cultura necesitamos un esfuerzo mayor.

El manuscrito de El Aleph lo compró el Ministerio de Cultura de España en 1985 por unos 25.000 dólares, y está en la Biblioteca Nacional. ¿Lo vio usted?

—Sí, lo he visto.

—¿Fue una conmoción?

 

“No hay nada como la palabra hecha arquitectura”

 

—Completa. Lo que pasa es que, claro, sí, el manuscrito, bien, pero para mí lo que hubiese colmado uno de los ratos de felicidad de mi vida habría sido el haber hablado con él. Lo he hecho con muchas personas que hablaron con Borges, y las he atormentado a preguntas sobre cómo era, qué les dijo… Yo disfruto viendo y escuchando sus conferencias, viendo esa capacidad de repentización que tenía en sus respuestas, esa brillantez y esa profundidad. No hay nada como la palabra hecha arquitectura.

Puede que no se le concediera el Premio Nobel por haber aceptado ser condecorado por Pinochet. Dijo entonces querer mucho a Chile y que por eso entendía que le condecoraba la nación chilena, es decir, sus lectores chilenos. ¿Ingenuidad? ¿Provocación? 

—Antes de que aceptara la condecoración de Chile y el gesto con Pinochet que tanto nos incomoda tampoco le habrían dado el Premio Nobel. La Academia sueca tiene un gran problema con su historia por no haber dado el Premio Nobel de Literatura a Jorge Luis Borges. Todos creemos menos en los premios y más en los autodidactas, conociendo a Borges. Él subrayaba su carácter de autodidacta cuando decía: “Tengo un simple bachiller ginebrino que todavía algunos periodistas pesquisan”, porque se anduvo diciendo que si no tenía el bachiller… Como él dijo: “El hecho capital de mi vida ha sido la biblioteca de mi padre”, de la que nunca salió. Autodidacta.

Todo era magistral en él

— … En El Aleph… Ella está muerta, va a su casa y dice: “Beatriz, Beatriz Elena (…), soy yo, soy Borges”. Hay que tener autoridad para decir “soy yo, soy Borges”.

¿Cree que Borges pudo haber sabido que se lo iban a conceder ex aequo con Vicente Aleixandre y por eso hizo lo que hizo?

 

“A mí me resulta más creíble la tesis de que no le dieron el Premio Nobel por no haber escrito nunca una novela”

 

—No lo creo. A mí me resulta más creíble la tesis de que no se lo dieron por no haber escrito nunca una novela. Es verdad que la novela es el género central. Eso podría ser un triste argumento. Hombre, le dimos el Premio Cervantes, pero compartido con Gerardo Diego, que tampoco fue un rasgo de brillantez por parte de las instituciones culturales.

Bueno, pudo haber sido por no haber escrito una novela, pero tampoco le hizo falta. 

—No, no; me parece genial cuando refuta las novelas, y es verdad: tú puedes leer una novela de amor de 680 páginas y dedicarle mucho tiempo y aprender mucho menos que con “El Aleph”, que son apenas 12 o 15 páginas.

El libro Borges a contraluz, de Estela Canto, es un testimonio muy interesante sobre la personalidad del escritor. Precisamente a ella le dedica el relato.

—Sí. Hay algo muy significativo que nos adentra en los laberintos más recónditos de la personalidad de Borges. Él, en todos sus relatos y poemas, apenas tiene cuentos sobre el amor. “Ulrica” es el único que él reconoce. El final de “Ulrica” me apasiona. Es una historia de amor muy breve e intensa. Suficiente. Sin embargo, dicen que era un gran enamoradizo, que se enamoró de muchas mujeres. Él lo reconoce y dice haber sido un gran tímido, y quizá proyectó su timidez hacia la literatura y el amor no ocupó un gran espacio. Pero mi opinión personal es que amaba el amor más que la literatura. Sus grandes momentos literarios con “El Aleph”, como relato, y “Las causas” como poema, son la cima de su obra, los momentos más sublimes. “El Aleph” termina con Beatriz, y “Las causas” termina con la forma en la que todo tuvo que pasar antes “para que nuestras manos se encontraran”. Eso es una maravilla. Recordemos “Las causas”: “Los ponientes y las generaciones. / Los días y ninguno fue el primero…”. Aquí están todos los acontecimientos de la historia de la humanidad: “La palabra. El hexámetro. El espejo. / La Torre de Babel y la soberbia” (…). “Se precisaron todas esas cosas / para que nuestras manos se encontraran». O sea, que al final la historia del universo es el preámbulo del amor. Por eso termino mi libro diciendo: “En todo caso no olvidemos que el universo (que otros llaman biblioteca) apasionó menos a Borges que a Beatriz Viterbo”.

Además de Borges, ¿qué otros autores, digamos clásicos, forman parte de su biblioteca personal? 

—El único efecto negativo que tuvo Borges en mí es lo que me cuesta encontrar el reconocimiento, la emoción y la felicidad en otros autores. Por querencia con Borges, porque Borges me llevó, Quevedo es el número uno de las letras españolas; soy también muy devoto de Murakami. Mi poeta, y en esto discrepo con Borges, es García Lorca…

Del que dijo que era un andaluz profesional…

 

“En Latinoamérica está el futuro de lo que somos”

 

—Sí, nunca sabes si era una provocación, porque cuando Borges dice que descree de la democracia porque es un abuso de la estadística… no sabes si es una provocación o es una demostración de brillantez. También Montaigne, porque leo mucho ensayo y el ensayo empieza en Montaigne, y María Zambrano, Christine de Pizan, la primera mujer escritora profesional del siglo XIV. Y por devoción a mi tierra, Antonio Gamoneda. Por referirme a la literatura en español, debemos hacer un ejercicio de humildad y reconocer que la renovación literaria del castellano ha venido de Latinoamérica. Se nos olvida que el 95% de los hispanohablantes lo son en América y por lo tanto es ahí donde está el futuro de nuestra lengua, aunque nosotros, por esa visión etnocentrista, no lo veamos. Está allí el futuro de lo que somos, de nuestra literatura y de nuestra lengua, y por eso es decisivo tener esa relación, que por cierto la RAE lo está haciendo bien con las Academias latinoamericanas.

En sus “Apuntes finales», escribe usted: “Al leer y releer a Borges no es exagerado concluir que de todas las historias de la historia, la de la literatura es la más valiosa, porque lo contiene todo (…). Y la historia de la literatura, siempre, no la de las fechas y los nombres, sino la de la capacidad de hombres y mujeres para razonar con imaginación y belleza, la historia de los libros”. Hay más párrafos así, pero con este me basta para decirle algo que siempre he echado de menos en los presidentes: que a lo largo de sus mandatos, en los que sin duda tienen que lidiar con asuntos poco motivadores, dijeran algo así que ayudara a los ciudadanos de este país a considerar el saber como un bien y no como una pedantería.

 

“Borges es un anarquista de orden”

 

—Sí está dicho, sí. Vamos ver, cuando estás en la crítica política casi todo lo que tiene un valor, que no es política pura, pasa desapercibido o se convierte en un elemento de crítica banal. En mi primer discurso como líder político del Partido Socialista en un debate del Estado de la Nación en el Parlamento propuse un gran programa cultural para España por el IV Centenario del Quijote. Eso fue objeto de chanza y de críticas por parte de la derecha. Y pasaba cada vez que yo decía algo para transmitir la inquietud cultural que tuviera. Recuerdo haber presentado una novela de un catedrático de Derecho Mercantil, José Manuel Otero Lastres, y al leer una frase de la novela que decía “ahora me dedicaré a contemplar las nubes”, decir esa frase fue objeto de chanza, ¡y era de una novela! En todo caso, es verdad que la política debe dedicar un espacio más amplio a la cultura, pero siempre me sentía casi con temor a hacer alguna aproximación, porque automáticamente sería denostado, acusado de intrusismo, de pretenciosidad, cuando no de “quién te habrá escrito eso”. Hay una parte de la sociedad española que relaciona la cultura con la izquierda, lo cual es completamente increíble, porque el único terreno en el que podemos disfrutar todos, tengamos las ideas que tengamos, es en el de la cultura. Borges era conservador. Si le hubieran preguntado directamente «¿usted es más de derechas o de izquierdas?», habría dicho que era más de derechas, aunque yo digo en el libro que es más un anarquista de orden. Pero bueno, a mí nunca me ha condicionado el deleite que me produce Borges con que haya sido de derechas. No me importa, porque la cultura la tenemos como algo permanente. ¿Qué sabemos lo que pasará dentro de un siglo? Si a lo mejor esto que llamamos ideologías políticas se llama de otra manera.

Aprovecho que estoy con un político tan relevante, que fue presidente del gobierno, para mencionar la política cultural en Francia desde Malraux, que hace propio todo lo que culturalmente los engrandece, como hicieron con Picasso, con Cortázar y tantos otros. Lo más reciente es de hace unos días: a Arturo Pérez-Reverte lo han nombrado miembro de la Asociación de Escritores de Marina de Francia, y es el primer autor no francés que admiten. También lo hacen con los suyos, como los homenajes a Johnny Hallyday y hace unos días a Jean-Paul Belmondo, que parecían funerales de Estado. Me gustaría haberlo visto aquí con Luis Eduardo Aute y con Caballero Bonald, por ejemplo. O con la casa de Vicente Aleixandre, que se está cayendo por pura desidia. Ocuparse de esas cosas nos haría sentirnos más orgullosos de nuestro país. 

 

“La cultura española es mucho más universal hoy que la francesa, por Latinoamérica”

 

—Claro que sí. Aute y todos se hubieran merecido más. No tenemos una pauta, lo cual es muy español, pero desde luego, reconocer a las personas de la creación hace más digno un país, y más rico, en el mejor sentido de la palabra; nos hace crecer. Antes hice una reflexión sobre Francia, que es el país que más apoya la cultura, y es bueno reconocerlo. Hay una explicación de la que no podemos abusar, y es que la cultura española es mucho más universal hoy que la francesa, por Latinoamérica, por todo lo que representa. Y eso tiene que hacernos reflexionar, porque tenemos que hacer de la cultura el gran elemento que es. Sin duda alguna es el valor esencial de España en el mundo. No podemos obviar las culturas orientales, la cultura milenaria china, y la cultura árabe, fundamental. Borges no obvió ninguna de estas culturas, amante de Las mil y una noches como fue. La cultura occidental, “ganadora” desde la Ilustración, desde la Revolución industrial, en término de competición de civilizaciones, tiene la tendencia a no mirar otras culturas o a mirar por encima. Puede ser este uno de los pecados que la lleve a ser “perdedora” en un futuro; los tiempos son lentos en la Historia.

“La felicidad que me ha aportado Borges explica una parte de mi actitud optimista”

Hagamos como que tiene que regalarle un libro al presidente Sánchez. ¿Cuál elegiría? 

—Ahora, sin duda, le regalaría tres poemas de Borges: “Las causas,” “Ajedrez” (los dos poemas), y “Los dones”. “Las causas” para que tenga siempre la Historia en la cabeza, “Ajedrez” porque es un juego de estrategia e inteligencia, y «Los dones” porque hay que ser conscientes siempre de lo que la vida te da. Yo soy una persona que tiene una gran suerte, soy un privilegiado por tener una vida personal llena de buenas vibraciones. Yo entiendo a Borges en la pasión por el amor, por mi mujer, que es el amor que tengo desde hace mucho tiempo. Todo el mundo lo sabe y no se discute. Se me ha discutido todo menos eso, lo cual es importante para mí porque, claro, que no te discutan el amor te da mucho sosiego. Saber que lo que te ha dado la vida es fruto de un pequeño porcentaje entre tantos miles de posibilidades en todo el proceso para poder llegar a ser un ser humano… Es un lujo haber llegado a ser un ser humano, ser persona, y además haber tenido muchos dones… La felicidad que me ha aportado Borges explica una parte de mi actitud optimista, como cuando dije aquello de que era un optimista antropológico, que me criticaron mucho, como si fuera un invento mío, y es una corriente filosófica que existe, ¿no? Como leer ahora a Irene Vallejo, su libro El infinito en un junco. Me parece uno de los homenajes más entrañables, brillantes y eruditos que se ha hecho a la literatura y a los libros. Y lo ha hecho una escritora española, joven, apuntando, quizá, a un relevo de vanguardia de la literatura en español.

¿Y a Pablo Casado qué libro le regalaría? 

— El mío, yo le regalaría mi libro como introducción a Borges, porque Borges tiene, entre sus muchas sentencias, la que más me ha marcado, que es: “La duda es el nombre de la inteligencia”. Que no sea tan determinista, tan cerrado, que dude. Merece la pena acercarse al Borges que introduce la duda como el elemento fundamental de la reflexión intelectual. La duda, el diálogo, el contraste, el escuchar. “La duda es el nombre de la inteligencia”. ¿Se puede decir algo más brillante?

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